domingo, 1 de febrero de 2026

Hemeroteca de “La luz horizontal”

A lo largo de 18 años he venido publicando en este blog llamado “La luz horizontal” informaciones, noticias y opiniones personales sobre los países nórdicos y mi experiencia en ellos. Más de 700 publicaciones y más de 100.000 visitas ha sido el balance de estos años. Pero este no ha sido un blog que pretendiese alcanzar grandes cifras, sino simplemente un pequeño espacio para compartir mi amor hacia estos países.
 
Ahora voy a pausar la publicación en este blog, pero dejo accesible a todo el mundo la posibilidad de consultar cualquiera de las más de 700 publicaciones incluidas. Para acceder a cualquier publicación sólo hay que escribir las palabras clave en el buscador que aparece arriba a la izquierda en la versión web de esta página, o a través del buscador “Hemeroteca” que aparece igualmente en el lateral derecho de la página.
 
A diferencia de muchos medios de comunicación que no permiten el acceso a todo lo que han publicado, en “La luz horizontal” todo está disponible para el lector.
 
Aunque ya no escriba más en estas páginas, no significa esto que no siga escribiendo: Ahora lo hago en un nuevo blog diario titulado “Ideas en el espejo”, porque el espejo no juzga, refleja lo que hay delante; porque las ideas, cuando se colocan frente al espejo, dejan de pertenecer solo a quien las escribe: Se convierten en un reflejo compartido.
 
“Ideas en el espejo”
https://lasideasenelespejo.blogspot.com/

sábado, 24 de enero de 2026

La luz que se apaga

Una luz se apaga y otra se enciende. Atrás quedan los diferentes blogs que he mantenido con vida a lo largo de los últimos años, y ahora comienza este nuevo paso al que llamo “Ideas en el espejo”.
 
¿Quieres saber de qué trata? Aquí tienes el enlace:
https://lasideasenelespejo.blogspot.com/2026/01/el-eco-del-espejo.html
 

Novelas con aire nórdico
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Novelas con corazón
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Novelas escogidas
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miércoles, 14 de enero de 2026

Erika Nissen: La joven rubia de Glommen

Durante los últimos días he compartido en este blog el comienzo de mi novela "La joven rubia de Glommen", una biografía de la pianista noruega Erika Nissen. Esta novela biográfica se ha incluido en el libro "Novelas con aire nórdico" y está disponible en Amazon, tanto en edición digital como en edición impresa. 

Este es el enlace en donde podrás encontrar más información:

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martes, 13 de enero de 2026

Erika Nissen (10)

Michael Strøm Lie era un jurista severo, pero con Erika se derretía.  Una mañana, en Svendborg, se levantó temprano.

—Hoy voy a Christiania —dijo—. Asunto del tribunal. 
Erika , de siete años, corrió tras él. 
—Papá, toca conmigo antes de irte. 
Él dudó.
—Bueno, solo una pieza.
Se sentaron al piano y los menudos dedos de Erika se movían con tanta agilidad que sorprendían a su padre.
—Tu fa# es perfecto.  —Le dijo, orgulloso de los progresos de su hija.
Ella sonrió.
—Le enseñé noruego.  —Respondió Erika sonriente.
Cuando terminaron, la besó en la frente.
—Volveré para la cena.
Pero no volvió.  En el Rikshospitalet, aquél 9 de mayo de 1852, Michael Strøm Lie murió de infarto repentino. Erika tenía siete años y su hermana Ida, la que le precedía, sólo contaba con quince años de edad.
 
Cuando llegó la noticia a la granja Svendborg,  Erika estaba en el salón.  Se sentó al piano.  Tocó la misma melodía.  Lento.  Muy lento.  Ida la encontró allí al amanecer. 
—Basta, Erika, déjalo ya.
—No. Papá está escuchando.  —Le respondió a su madre.
 
Pero todos tuvieron que asumir la muerte del cabeza de familia. El piano de Svendborg dejó de sonar durante muchas semanas.  Ingeborg lloraba en silencio. Las hermanas mayores se ocupaban de la dirección de las tareas de la casa y de la granja. Ida, con quince años, asumía su papel de hermana mayor de Erika y esta, con la mirada baja, se sentaba al piano pero era incapaz de tocar ninguna melodía. Una noche, Ingeborg la encontró allí, con la cabeza apoyada en las teclas. 
—¿Por qué no tocas, hija? —preguntó. 
Erika levantó la cabeza. Tenía los ojos secos. 
—Porque papá no está —dijo. 
Ingeborg la abrazó.
—Vuelve a tocar para él, como lo hacías antes —le dijo con ternura—. Toca para que te oiga desde donde esté. 
Erika puso las manos en el teclado.  Y tocó.  Tocó una melodía que no era de nadie. Era suya. Era triste, pero no desesperada. Era como el río Glomma en primavera, cuando el hielo se rompe y el agua corre libre.  Y en ese momento, algo cambió.  El piano dejó de ser un mueble.  Se convirtió en una voz. Se convirtió en “su voz”.
 

Novelas con aire nórdico

lunes, 12 de enero de 2026

Erika Nissen (9)

Los años pasaron como pasan los inviernos en Glommen: lentos, duros, pero con una belleza que duele.  Erika crecía. Era alta, delgada, con el cabello rubio cayendo en ondas sobre los hombros. Tenía los ojos de su madre, pero más claros, más fríos.  Era callada. No hablaba mucho. Pero cuando lo hacía, lo hacía con una seguridad que desconcertaba a los adultos.  Una vez, un primo de Christiania vino de visita. Era un muchacho de ciudad, con levita y sombrero de copa. 

—¿Qué quieres ser de mayor, Erika? —preguntó, con esa condescendencia que tienen los que creen saberlo todo. 
Ella lo miró.
—Quiero tocar —dijo.
—¿Tocar qué? 
—El piano. 
El primo rio.  
—Las niñas no tocan para ganarse la vida. Las niñas se casan. 
Erika no contestó. Se fue al salón, se sentó al piano, y tocó.  Tocó Chopin. Tocó una pieza que había oído una vez en casa de un vecino rico. La tocó entera, sin errores, sin partitura.  El primo se quedó mudo. 
 
El jardín inglés junto a la casa tenía senderos curvados junto al cenador y lucía en todo su esplendor durante los meses cálidos, esos en que las ventanas permanecen abiertas y la brisa trae el aroma de las flores hasta el interior. Era tan bonito, tan mágico y misterioso para una niña de seis años, que Erika creía que las hadas vivían allí.  Una noche se dijo:
—Voy a tocar para las hadas.
Abrió de par en par las ventanas del salón, encendió unas velas e improvisó una melodía que sólo las hadas pudieron escuchar. Cuando su madre pasó por allí la encontró dormida, con la cabeza apoyada en el piano y una de las velas caída junto a su lado, con la llama oscilando con la brisa a punto de quemar su vestido. Le regañó porque aquél descuido pudo provocar un incendio, pero Erika sonrió porque estaba segura que las hadas habían disfrutado con su interpretación. Al día siguiente, plantó un rosal blanco junto al cenador.
 
Otra noche, durante una velada, un vecino sueco, el capitán Lundgren, se sentó al piano y tocó una polca.  El fa# chilló.  Todos rieron.  Erika se levantó de su silla. 
—Ese piano habla sueco —dijo—. Cuando yo crezca, le enseñaré noruego. 
Michael, su padre, la alzó en brazos.
—Prométemelo. 
Ella asintió.
 

Novelas con aire nórdico

domingo, 11 de enero de 2026

Erika Nissen (8)

El tiempo fue pasando y las hijas fueron educadas como las niñas de la clase alta de aquellos días. Esto incluía tareas domésticas, costura y música, entre otras cosas. Y los acordes que Thomasine sacaba del piano incentivaron el interés de Ida y Erika por aprender a tocarlo, y ambas superarían muy pronto en destreza a su hermana mayor e incluso a su propia madre.

No es que Svendborg fuese una granja excesivamente rica, aunque sí lo suficiente para mantener el estatus social de los Lie, pero de lo que no cabía ninguna duda es que era una granja viva, un faro que iluminaba con música y cultura toda la comarca. Los domingos eran sagrados.  La familia se vestía con lo mejor: Ingeborg con su pañuelo de encaje, Michael con su levita negra. Caminaban hasta la iglesia de madera, donde el pastor predicaba sobre el pecado y la redención. Después, en casa, venían los vecinos.  Los trineos llegaban desde Kongsvinger y desde los pueblos cercanos. Los hombres traían aguardiente en botellas de cuello largo; las mujeres, pasteles de manzana envueltos en paños de lino. Los niños corrían entre las piernas de los adultos, y los perros ladraban hasta que alguien les tiraba un hueso.  Dentro, el salón estaba lleno de humo de pipa y de risas.  Ingeborg tocaba el piano. Era un instrumento viejo, traído de Christiania en 1830, con teclas de marfil amarillento y una caja que resonaba como un tambor cuando se tocaba forte.  Thomasine, la mayor, cantaba, y su voz que parecía salirle del pecho como un pájaro que vuela hacia el sol. Ida y Erika aún eran muy pequeñas para tocar el piano pero su música siempre las ensimismaba.
 
Un domingo de septiembre, la casa olía a canela y a manzana asada. Ingeborg había horneado una tarta para la visita del primo Jonas, que llegaba de Christiania con su levita nueva y su bigote encerado.  La tarta reposaba en la ventana de la cocina, enfriándose.  Erika, con su vestido de lino azul y los rizos rubios escapando del lazo, se coló cuando nadie miraba.  Subió a una silla. Estiró la mano. Cogió un trozo con los dedos.  El azúcar quemado le supo a gloria.  Pero la silla se tambaleó.  ¡Crash!  La tarta cayó al suelo.  Erika se quedó quieta, con la boca llena y los ojos muy abiertos.  Ingeborg entró corriendo.
—¿Qué ha pasado? 
—La tarta se ha suicidado, mamá.
Thomasine, desde la puerta, estalló en carcajadas viendo divertida la escena y se apresuró a decir:
—Esto merece una canción: “La tarta rebelde”. 
Jonas llegó, vio el desastre y dijo:
—Esa niña será pianista o ladrona.
Pero estaba claro que Erika iba a elegir lo primero.
 
A los tres años, ya se subía al taburete del piano.  A los cuatro, tocaba con una mano “Du, du ligg’ unna meg” mientras su madre supervisaba las labores de la casa. A los cinco, improvisaba.  Una tarde de verano, el sol entraba por las ventanas abiertas. Erika estaba sola en el salón. Se subió al piano, abrió la tapa, y empezó a tocar.  No era una melodía conocida. Era algo nuevo.  Sus dedos pequeños, torpes aún, buscaban acordes que no existían en los libros. Tocaba con los ojos cerrados, como si escuchara una música que venía de dentro.  Michael entró. Se quedó en la puerta, con la pipa apagada en la mano. 
—¿Qué es eso? —preguntó. 
Erika no contestó. Siguió tocando.  Era una melodía triste, pero no llorosa. Era como el viento que pasa entre los pinos y se lleva algo que no vuelve.  Michael se acercó. Puso una mano en el hombro de su hija. 
—Esa niña tiene el diablo en los dedos —dijo, medio en broma, medio en serio. 
Pero cuando Erika terminó, él se sentó en silencio, con los ojos cerrados, como si escuchara algo que venía de muy lejos. 
 

Novelas con aire nórdico

sábado, 10 de enero de 2026

Erika Nissen (7)

Kongsvinger no era solo un punto en el mapa. Era un mundo y un faro cultural en la comarca.  El río Glomma, madre de todos los ríos noruegos, serpenteaba por el valle y en sus orillas los niños jugaban y pescaban truchas con cañas de avellano. En invierno, se convertía en una carretera de hielo por donde los trineos corrían cargados de leña.  La fortaleza se alzaba en lo alto, con sus murallas de piedra gris y sus cañones apuntando a ninguna parte. Los soldados suecos ya no eran una amenaza, pero los niños seguían jugando a “conquistar el castillo”, trepando por las laderas resbaladizas y gritando órdenes imaginarias. En Svendborg, la vida tenía un ritmo propio.  Al amanecer, el gallo cantaba y comenzaba la actividad con el trabajo de sirvientas y empleados de la granja. Antes de las diez de la mañana ya estaba sonando el piano a manos de Ingeborg que instruía a su hija mayor Thomasine en todo aquello que debía conocer una joven de clase media-alta: música, cultura general, costura, etc. Pero esas notas musicales también atraían la atención de Ida y de la pequeña Erika que parecía entender ese lenguaje musical que salía del piano. Esa atracción que sentía por el piano la hacía gatear entre las piernas de los mayores intentando subirse al taburete con intención de tocar, hasta que su padre o su madre la cogían y la sentaban en su regazo.

La comida era a las 12:00 todos juntos, sin distracciones de radio, televisión o móviles como ahora. La comida era un momento de unión familiar, de compartir vivencias y proyectos, de reír y conversar, de conocerse y apoyarse unos a otros. A veces, si las inclemencias del tiempo lo permitían, salían a pasear por las riberas del río Glomma, unos momentos de esparcimiento y contacto con la naturaleza para los niños y de relax para los padres. Finalmente, ya después de cenar, celebraban otra velada musical antes de ir a dormir… siempre que no fuese domingo o hubiese algún motivo especial, porque en tal caso la velada no sería familiar sino multitudinaria, con familiares y amigos que adoraban esos momentos de confraternidad y diversión. Y es que así era la vida en aquellos años en un entorno rural, aislado, en una época en donde no existían medios de comunicación (salvo los diarios de la capital) ni ningún otro tipo de espectáculo (salvo los teatros y centros recreativos o de variedades exclusivos de la capital).
 
Este era el mundo que vivió Erika durante sus primeros años, el que recordaría y añoraría durante toda su existencia, el de una vida apacible en comunión con la naturaleza, sin penurias económicas, con una buena formación cultural y musical y en un ambiente tranquilo. En cualquier caso, estaba escrito que el destino de Erika iba a ser muy diferente del estilo de vida que se respiraba en esa casa, y quizás así lo fuese comprendiendo cuando cada noche, rendida por el cansancio y por el sueño, se retiraba a dormir siempre al lado de su inseparable Ida.
 

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viernes, 9 de enero de 2026

Erika Nissen (6)

Svendborg, 17 de enero de 1845. El invierno de 1845 llegó a Kongsvinger como un lobo blanco que se acuesta sobre los tejados y no se levanta hasta la primavera. La nieve caía en copos tan grandes que parecían plumas de un ángel desplumado, y el río Glomma, ancho y oscuro, se arrastraba bajo el hielo con un rumor sordo, como si el agua misma tuviera miedo de despertar a los muertos.

El cabeza de familia, Michael Strøm Lie se había casado diez años antes (en 1835) con Ingeborg, con quien tuvo cinco hijos, si bien al comenzar nuestra historia sólo tenían cuatro: Thomasine, Ida, Birgitte y Sverre.
 
Ingeborg tenía treinta y ocho años cuando sintió las primeras contracciones del parto de su quinto hijo. Afuera  la temperatura había bajado tanto que los gallos se negaban a cantar.  El parto fue largo. La comadrona, una mujer de manos callosas y voz ronca, murmuraba oraciones en dialecto mientras Ingeborg apretaba los dientes y empujaba. El jurista Michael Strøm Lie, marido de Ingeborg, caminaba de un lado a otro en la sala, esperando el nacimiento de su quinto hijo (ya tenía dos chicas y dos chicos). A las once y media de la noche, la niña nació. Al principio no lloró.  Abrió los ojos, grandes y claros como el hielo del fiordo, y miró a su madre como si ya supiera quién era. 
—Erika —dijo Ingeborg, con la voz rota—. Se llamará Erika. 
Y entonces, la niña soltó un llanto tan puro, tan afinado, que la comadrona se santiguó. El viento del norte, como un viejo amigo que nunca se despide del todo, estaba presente cuando Erika abrió los ojos por primera vez. Un viento que traía consigo el olor de los pinos helados, el humo de las chimeneas y el rumor lejano del río.
 
Tan pronto como pudieron se trasladaron con su hija recién nacida a la granja Svendborg, en donde esperaban impacientes el desenlace los cuatro hermanos de Erika: Thomasine, Ida, Birgitte y Sverre. En la granja Svendborg, la chimenea ardía día y noche. El humo salía por la chimenea en volutas grises que se perdían entre los pinos, y dentro, el calor era tan denso que las ventanas se empañaban y los niños dibujaban con el dedo barcos y caballos en el cristal. 
 
Dentro de la casa, Ingeborg amamantaba a la recién nacida mientras Thomasine cantaba una nana en dialecto de Hedmark, Ida miraba embelesada a su nueva hermana y Sverre jugaba en el suelo con unas construcciones de madera. El padre, Michael Strøm Lie, miraba a la recién nacida con una amplia sonrisa:
—Esta será especial.
Y nadie le llevó nunca la contraria.
 

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jueves, 8 de enero de 2026

Erika Nissen (5)

La granja Svendborg era una propiedad mediana, no una hacienda señorial pero sí lo suficientemente grande ya que incluía tierras de cultivo, bosque y algo de ganado. La casa era de madera, con dos plantas y tejado de césped. El cabeza de familia, Michael Strøm Lie (1807-1852) era jurista, juez y político, y pertenecía a la clase funcionarial alta noruega. Aunque no era terrateniente de gran escala, como juez de distrito en Kongsvinger desde 1841, tenía un salario estable y un merecido prestigio social. Su esposa, Ingeborg Birgitte Røring Møinichen (1811-1885), hábil con el piano y la jardinería, se dedicaba a la educación de sus hijos y a la dirección de la casa y la granja, contando para ello con la ayuda de dos o tres sirvientas para la cocina, limpieza, cuidado de niños y lavado y, en el caso de la granja, con varios jornaleros para labores de labranza, leña, ganado y mantenimiento.
 En la Noruega rural de mediados del siglo XIX, era absolutamente habitual que familias de este estrato social tuviesen servidumbre doméstica y jornaleros agrícolas, especialmente en una granja de tamaño medio-grande como era Svendborg.
 
La madre, Ingeborg, había diseñado con sus propias manos un auténtico jardín inglés en torno a un cenador al que rodeaban rosales, lilas y flores de todos los colores que alcanzaban su máximo esplendor en primavera. Pero, sin duda, la estrella de esa casa, el faro que atraía como un imán a todos los vecinos, era el piano —un Broadwood traído de la capital en un carro que tardó tres días en llegar— al que todos consideraban “uno más de la familia”. Todos adoraban aquellas veladas musicales de los domingos a las que acudían en trineo si era invierno o en carruajes si era verano, en donde la música reinaba extendiendo su manto mágico sobre los asistentes mientras comían, charlaban, bailaban y bebían hasta altas horas de la madrugada. Y los niños sentían desde el mismo momento de su nacimiento que la música formaba parte de sus vidas y durante aquellas reuniones se colaban divertidos entre las piernas de los mayores para acercarse al piano e intentar improvisar un concierto… hasta que los apartaban y los llevaban a otra habitación para entretenerlos contándoles cuentos de trolls.
 
Pero esto que vamos a ir conociendo no es un cuento, sino una historia real –aunque novelada y con ciertas licencias que cualquier novelista se permite- sobre la vida de Erika, esa chica rubia que nació bajo una corona extranjera pero su alma siempre perteneció al valle de Glommen y cuya vida apacible en un entorno rural y familiar siempre fue su sueño… un sueño que nunca pudo alcanzar porque el destino le había concedido un don muy especial y ella debía compartirlo para llegar al corazón de todos cuantos la conocieron.
 

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miércoles, 7 de enero de 2026

Erika Nissen (4)

En 1845 Noruega era un reino joven, unido a Suecia por una corona compartida pero con un alma propia que latía con fuerza.
  Desde 1814, tras la derrota de Napoleón, Noruega había salido del dominio danés –que había durado 400 años- para entrar a formar parte de Suecia a la que perteneció hasta el año 1905. El rey Oscar I (1844–1859) era sueco, pero Noruega tenía su propio Parlamento (Storting) en Christiania. Esta ciudad había sido fundada en 1624 por Christian IV de Dinamarca tras un incendio que destruyó el Oslo medieval y se le puso ese nombre en honor al rey danés. Pero como muchos reclamaban: “El nombre Christiania es danés mientras que Oslo es noruego”. Por eso, en el año 1924, el Storting decidió recuperar el nombre medieval Oslo (del nórdico Ásloð, “pradera de los dioses”) y poco después, el 1 de enero de 1925, Christiania dejó de existir oficialmente para convertirse en el Oslo que hoy todos conocemos.
 
Por aquél entonces, Noruega tenía una Constitución progresista y una población de sólo 1,3 millones de personas, de las cuales, el ochenta por ciento vivía en el campo. El idioma tenía dos formas oficiales, el bokmål (danés-noruego, culto) y el nynorsk (basado en dialectos rurales, creado por Ivar Aasen en 1853), pero en Kongsvinger, el lugar donde comienza nuestra historia, se hablaba un dialecto del este, cantarín y duro como el hielo. 
 
El Luteranismo era la religión oficial y la iglesia el centro de la vida social en donde los domingos se reunían, vestidos con sus mejores galas, una gran mayoría de ciudadanos de todas las clases sociales para cantar salmos. Noruega no era, en esa época, el país moderno y próspero que conocemos en la actualidad, sino todo lo contrario: era un país pobre. Su economía se basaba principalmente en la pesca y en el negocio de la madera, aprovechando sus grandes bosques, si bien tenían que luchar contra las dificultades de su orografía, a diferencia de sus vecinas, Suecia y Finlandia, que gozaban de iguales recursos forestales pero con una orografía mucho más suave. En cuanto a la agricultura, esta era muy modesta y apenas daba para la subsistencia local. La industria tampoco se había desarrollado suficientemente, como tampoco las comunicaciones; el ferrocarril, por ejemplo, no llegaría hasta el año 1854 en que se inauguró la línea Christiania–Eidsvoll.
 
Pero nuestra historia se desarrolla en Kongsvinger, en el condado de Hedmark (hoy Innlandet), a 90 km al noreste de la capital. El río Glomma, que es el más largo de Noruega con 604 kilómetros de longitud, atraviesa el valle como una arteria azul, entre colinas suaves, campos de centeno y patata, y bosques de pinos y abetos. Los inviernos son duros, bajando la temperatura hasta -30ºC en contraste con unos veranos agradables con temperaturas de 25ºC y una luz permanente las 24 horas del día.
 
Allí se alza todavía la fortaleza de Kongsvinger, construida en 1682 para defenderse de Suecia y en este año de 1845 aún permanecía con actividad, con soldados, cañones y un puente levadizo que no impedía que los niños se acercasen a ella y jugasen a conquistarla.
 
Pero vamos a ser nosotros quienes nos acerquemos ahora no a la fortaleza, sino a la casa de los Lie para conocer el comienzo de esta historia…
 

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martes, 6 de enero de 2026

Erika Nissen (3)

De cómo un extraño impulso me llevó a indagar sobre la vida de una famosa pianista noruega de la que apenas se encuentran referencias, quedando demostrado que “la obra del espíritu nunca muere. Ya sea que la gente lo sepa y lo entienda o no, la obra del espíritu se comunica y se propaga de alma humana a alma humana".

Hace ya muchos años, en 1984, visité en el museo Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid una exposición de pintores noruegos. Bajo el título “Edvard Munch y los pintores noruegos”, allí estaban representados no sólo Edvard Munch (el más conocido en todo el mundo, sobre todo por su cuadro “El grito”), sino también otros grandes artistas como Harald Sohlberg (mi favorito), Christian Krogh... y también Erik Werenskiold. Esta exposición fue una de las primeras grandes presentaciones de arte escandinavo en Madrid y sirvió como precursor de muestras posteriores que ayudaron a difundir el arte de las figuras más destacadas de otrospaíses.
 
Recorría plácidamente aquellas salas disfrutando de tan magníficos cuadros... hasta que mi vista se posó en un cuadro de grandes dimensiones pintado por Erik Werenskiold. Fue ver aquél cuadro y quedar petrificado. No podía dar crédito a lo que estaban viendo mis ojos. Pero ¿qué fue lo que causó aquél shock?
 
El cuadro representaba a la famosa pianista noruega Erika Nissen. Fue verla y me resultó imposible apartar la mirada de aquél cuadro. ¿Qué lo hacía tan especial? ¿Cuál era la razón? ¡Aquella imagen de Erika Nissen era la propia imagen de mi madre, ya desaparecida unos años atrás! (Eso fue lo que sentí en aquél instante).
 
Cuando llegué a casa busqué inmediatamente más información sobre Erika Nissen. Ella murió en 1903... y mi madre nació en 1913. “¿Se reencarnó Erika Nissen en mi madre?”, pensé. Para aquellos que creemos en la reencarnación, esto es posible; a veces pueden transcurrir unos años entre una muerte y la siguiente reencarnación. Este hecho explicaría muchas cosas, por ejemplo esa atracción que desde mi infancia he sentido por Noruega; de hecho, cada vez que he visitado ese país, cada vez que he pisado su suelo, he respirado su aire... he tenido la sensación de volver a casa, de llegar a mi verdadero hogar. Erika Nissen era concertista de piano, y yo, desde niño, he sentido una especial atracción por el sonido de este instrumento musical aunque nunca lo haya tocado, y en mis recuerdos de infancia siempre está presente ese piano que teníamos en la casa del pueblo. Si bien lo mío es escribir y para la música no tengo ninguna aptitud, eso no es óbice para que la música siempre me haya gustado y el piano haya sido mi instrumento favorito, el que más directamente sintonizaba con mi alma. Igualmente relevante me resultó comprobar que ella había mantenido un romance con uno de los más grandes poetas noruegos… y la poesía es algo que nació conmigo y cultivé desde mi más tierna infancia. Y finalmente, me impactaba otro aspecto de la vida de Erika Nissen: Según dicen de ella, lo que más deseaba era “volver a casa, vivir de forma sencilla, convertirse en anciana y sentarse tranquilamente en una silla”; por eso, al comparar su intensa y ajetreada vida con la de mi madre, me pregunté si no era esa la vida tranquila, estable y familiar que Erika siempre había soñado y no pudo conseguir.
 
Está claro que siempre he tenido mucha imaginación y aquellos pensamientos, a la luz de la razón, no podían sostenerse. Por eso, cuando busqué fotografías de Erika Nissen pude ver que no se parecía a mi madre, sólo era en ese cuadro, en ese perfil, en ese instante que había inmortalizado Werenskiold, en que emanaba algo especial que, sin saber por qué, me recordaba a mi madre; pero sólo en ese cuadro, no en ninguna otra fotografía. No se podía hablar, pues, de reencarnación ni de ningún misterio, pero sí que había un hecho cierto: El impacto emocional que me causó y que me sigue transmitiendo ese cuadro cada vez que lo miro.
 
Sea como fuere, esta pianista noruega pasó a formar parte de mi vida desde entonces y por eso, como homenaje a ella, he querido trasladar a un libro su historia. Ha sido una tarea ardua, porque existe muy poca información sobre ella, y además una pianista del siglo XIX, cuando no se podía dejar de ella ningún registro sonoro, no nos permite escuchar y sentir cómo tocaba el piano. Un escritor deja libros; un arquitecto deja edificios; un pintor deja cuadros… pero una pianista ¿qué deja si nadie pudo grabar sus interpretaciones? Sólo podemos guiarnos por las palabras que de ella dijeron aquellos afortunados que sí tuvieron la oportunidad de escucharla, palabras que quedaron reflejadas en artículos de periódicos, e cartas y en diarios.
 
Como podéis comprobar, resulta raro que un escritor español que ha escrito muchos libros, pero sólo dos biografías, elija como su tercer libro de biografías a una pianista noruega del siglo XIX, desconocida en España aunque fuese una superestrella en Noruega y en los círculos musicales y artísticos de media Europa en esos años. Pero ya os he explicado el por qué de esa elección.
 
Ahora sólo queda su historia, rescatada en esta novela para que, con este formato, disfrutéis de una lectura entretenida e interesante. Es una forma agradable de conocer –y espero que también de “sentir”- la historia de alguien que supo transformar la música en sentimiento… la joven rubia de Glommen.
 

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lunes, 5 de enero de 2026

Erika Nissen (2)

En “La joven rubia de Glommen”, seguiremos paso a paso la vida y las emociones de Erika Nissen (1845-1903), pianista y auténtica superestrella del siglo XIX. La elección de esta novela biográfica no ha sido fruto del azar (como explico en su prólogo) sino que despertó en mi interior algo así como una llamada, una necesidad de dar a conocer la vida de un personaje del que se ha hablado y escrito muy poco y que sin embargo tuvo una influencia capital en la música y la cultura noruega. Su carácter firme e independiente, en una sociedad donde la mujer estaba supeditada al hombre, su compromiso social especialmente con las clases más desfavorecidas, y su defensa de los derechos de las mujeres, chocó con la sociedad de su tiempo… y sin embargo, cuando la escuchaban tocar esa música que llegaba al corazón, le perdonaron todo. Nos demostró también que la maestría en una profesión, aunque uno haya nacido con cualidades innatas para ello, sólo se adquiere a base de mucho esfuerzo, trabajo, sacrificio y aprendizaje continuo. Y de sus amores ¡qué decir! Tampoco fueron convencionales. Como dato curioso, sólo te adelantaré un hecho: Si escuchas el himno nacional de Noruega y lees quienes fueron sus autores, encontrarás que la música la compuso Rikard Nordraak y la letra la compuso el que luego fuera premio Nobel de Literatura en 1903, el gran escritor y poeta Bjørnstjerne Bjørnson. Pues bien, ¿sabes una cosa? Ambos amaron a Erika Nissen, esa joven rubia de Glommen.

 

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domingo, 4 de enero de 2026

Erika Nissen (1)

Los países nórdicos, y en especial Noruega, siempre ejercieron sobre mí una fascinante atracción… por su naturaleza exuberante y llena de contrastes, por su sociedad igualitaria y avanzada, por la educación y respeto como señas de identidad de sus habitantes, por la paz y tranquilidad que se respira en todos sus rincones… No es extraño, pues, que a la hora de escribir algunas de mis novelas las haya situado –en todo o en parte- en este maravilloso país a fin de trasladar al lector un poco de la magia de este país.

Durante los próximos días voy a presentar en estas páginas un trabajo de investigación realizado sobre la vida de la pianista noruega Erika Nissen. Te descubriré los extraños motivos que me llevaron a emprender esta aventura y conocerás una vida de la que existen pocos testimonios pero que fue de una mujer adelantada a su tiempo como tú mismo podrás comprobar…
 

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