Kongsvinger no era solo un punto en el mapa. Era un mundo y un faro cultural en la comarca. El río Glomma, madre de todos los ríos noruegos, serpenteaba por el valle y en sus orillas los niños jugaban y pescaban truchas con cañas de avellano. En invierno, se convertía en una carretera de hielo por donde los trineos corrían cargados de leña. La fortaleza se alzaba en lo alto, con sus murallas de piedra gris y sus cañones apuntando a ninguna parte. Los soldados suecos ya no eran una amenaza, pero los niños seguían jugando a “conquistar el castillo”, trepando por las laderas resbaladizas y gritando órdenes imaginarias. En Svendborg, la vida tenía un ritmo propio. Al amanecer, el gallo cantaba y comenzaba la actividad con el trabajo de sirvientas y empleados de la granja. Antes de las diez de la mañana ya estaba sonando el piano a manos de Ingeborg que instruía a su hija mayor Thomasine en todo aquello que debía conocer una joven de clase media-alta: música, cultura general, costura, etc. Pero esas notas musicales también atraían la atención de Ida y de la pequeña Erika que parecía entender ese lenguaje musical que salía del piano. Esa atracción que sentía por el piano la hacía gatear entre las piernas de los mayores intentando subirse al taburete con intención de tocar, hasta que su padre o su madre la cogían y la sentaban en su regazo.
La comida era a las 12:00 todos juntos, sin distracciones de radio, televisión o móviles como ahora. La comida era un momento de unión familiar, de compartir vivencias y proyectos, de reír y conversar, de conocerse y apoyarse unos a otros. A veces, si las inclemencias del tiempo lo permitían, salían a pasear por las riberas del río Glomma, unos momentos de esparcimiento y contacto con la naturaleza para los niños y de relax para los padres. Finalmente, ya después de cenar, celebraban otra velada musical antes de ir a dormir… siempre que no fuese domingo o hubiese algún motivo especial, porque en tal caso la velada no sería familiar sino multitudinaria, con familiares y amigos que adoraban esos momentos de confraternidad y diversión. Y es que así era la vida en aquellos años en un entorno rural, aislado, en una época en donde no existían medios de comunicación (salvo los diarios de la capital) ni ningún otro tipo de espectáculo (salvo los teatros y centros recreativos o de variedades exclusivos de la capital).
Este era el mundo que vivió Erika durante sus primeros años, el que recordaría y añoraría durante toda su existencia, el de una vida apacible en comunión con la naturaleza, sin penurias económicas, con una buena formación cultural y musical y en un ambiente tranquilo. En cualquier caso, estaba escrito que el destino de Erika iba a ser muy diferente del estilo de vida que se respiraba en esa casa, y quizás así lo fuese comprendiendo cuando cada noche, rendida por el cansancio y por el sueño, se retiraba a dormir siempre al lado de su inseparable Ida.
Novelas con aire nórdico


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