domingo, 11 de enero de 2026

Erika Nissen (8)

El tiempo fue pasando y las hijas fueron educadas como las niñas de la clase alta de aquellos días. Esto incluía tareas domésticas, costura y música, entre otras cosas. Y los acordes que Thomasine sacaba del piano incentivaron el interés de Ida y Erika por aprender a tocarlo, y ambas superarían muy pronto en destreza a su hermana mayor e incluso a su propia madre.

No es que Svendborg fuese una granja excesivamente rica, aunque sí lo suficiente para mantener el estatus social de los Lie, pero de lo que no cabía ninguna duda es que era una granja viva, un faro que iluminaba con música y cultura toda la comarca. Los domingos eran sagrados.  La familia se vestía con lo mejor: Ingeborg con su pañuelo de encaje, Michael con su levita negra. Caminaban hasta la iglesia de madera, donde el pastor predicaba sobre el pecado y la redención. Después, en casa, venían los vecinos.  Los trineos llegaban desde Kongsvinger y desde los pueblos cercanos. Los hombres traían aguardiente en botellas de cuello largo; las mujeres, pasteles de manzana envueltos en paños de lino. Los niños corrían entre las piernas de los adultos, y los perros ladraban hasta que alguien les tiraba un hueso.  Dentro, el salón estaba lleno de humo de pipa y de risas.  Ingeborg tocaba el piano. Era un instrumento viejo, traído de Christiania en 1830, con teclas de marfil amarillento y una caja que resonaba como un tambor cuando se tocaba forte.  Thomasine, la mayor, cantaba, y su voz que parecía salirle del pecho como un pájaro que vuela hacia el sol. Ida y Erika aún eran muy pequeñas para tocar el piano pero su música siempre las ensimismaba.
 
Un domingo de septiembre, la casa olía a canela y a manzana asada. Ingeborg había horneado una tarta para la visita del primo Jonas, que llegaba de Christiania con su levita nueva y su bigote encerado.  La tarta reposaba en la ventana de la cocina, enfriándose.  Erika, con su vestido de lino azul y los rizos rubios escapando del lazo, se coló cuando nadie miraba.  Subió a una silla. Estiró la mano. Cogió un trozo con los dedos.  El azúcar quemado le supo a gloria.  Pero la silla se tambaleó.  ¡Crash!  La tarta cayó al suelo.  Erika se quedó quieta, con la boca llena y los ojos muy abiertos.  Ingeborg entró corriendo.
—¿Qué ha pasado? 
—La tarta se ha suicidado, mamá.
Thomasine, desde la puerta, estalló en carcajadas viendo divertida la escena y se apresuró a decir:
—Esto merece una canción: “La tarta rebelde”. 
Jonas llegó, vio el desastre y dijo:
—Esa niña será pianista o ladrona.
Pero estaba claro que Erika iba a elegir lo primero.
 
A los tres años, ya se subía al taburete del piano.  A los cuatro, tocaba con una mano “Du, du ligg’ unna meg” mientras su madre supervisaba las labores de la casa. A los cinco, improvisaba.  Una tarde de verano, el sol entraba por las ventanas abiertas. Erika estaba sola en el salón. Se subió al piano, abrió la tapa, y empezó a tocar.  No era una melodía conocida. Era algo nuevo.  Sus dedos pequeños, torpes aún, buscaban acordes que no existían en los libros. Tocaba con los ojos cerrados, como si escuchara una música que venía de dentro.  Michael entró. Se quedó en la puerta, con la pipa apagada en la mano. 
—¿Qué es eso? —preguntó. 
Erika no contestó. Siguió tocando.  Era una melodía triste, pero no llorosa. Era como el viento que pasa entre los pinos y se lleva algo que no vuelve.  Michael se acercó. Puso una mano en el hombro de su hija. 
—Esa niña tiene el diablo en los dedos —dijo, medio en broma, medio en serio. 
Pero cuando Erika terminó, él se sentó en silencio, con los ojos cerrados, como si escuchara algo que venía de muy lejos. 
 

Novelas con aire nórdico

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