Los años pasaron como pasan los inviernos en Glommen: lentos, duros, pero con una belleza que duele. Erika crecía. Era alta, delgada, con el cabello rubio cayendo en ondas sobre los hombros. Tenía los ojos de su madre, pero más claros, más fríos. Era callada. No hablaba mucho. Pero cuando lo hacía, lo hacía con una seguridad que desconcertaba a los adultos. Una vez, un primo de Christiania vino de visita. Era un muchacho de ciudad, con levita y sombrero de copa.
—¿Qué quieres ser de mayor, Erika? —preguntó, con esa condescendencia que tienen los que creen saberlo todo.
Ella lo miró.
—Quiero tocar —dijo.
—¿Tocar qué?
—El piano.
El primo rio.
—Las niñas no tocan para ganarse la vida. Las niñas se casan.
Erika no contestó. Se fue al salón, se sentó al piano, y tocó. Tocó Chopin. Tocó una pieza que había oído una vez en casa de un vecino rico. La tocó entera, sin errores, sin partitura. El primo se quedó mudo.
El jardín inglés junto a la casa tenía senderos curvados junto al cenador y lucía en todo su esplendor durante los meses cálidos, esos en que las ventanas permanecen abiertas y la brisa trae el aroma de las flores hasta el interior. Era tan bonito, tan mágico y misterioso para una niña de seis años, que Erika creía que las hadas vivían allí. Una noche se dijo:
—Voy a tocar para las hadas.
Abrió de par en par las ventanas del salón, encendió unas velas e improvisó una melodía que sólo las hadas pudieron escuchar. Cuando su madre pasó por allí la encontró dormida, con la cabeza apoyada en el piano y una de las velas caída junto a su lado, con la llama oscilando con la brisa a punto de quemar su vestido. Le regañó porque aquél descuido pudo provocar un incendio, pero Erika sonrió porque estaba segura que las hadas habían disfrutado con su interpretación. Al día siguiente, plantó un rosal blanco junto al cenador.
Otra noche, durante una velada, un vecino sueco, el capitán Lundgren, se sentó al piano y tocó una polca. El fa# chilló. Todos rieron. Erika se levantó de su silla.
—Ese piano habla sueco —dijo—. Cuando yo crezca, le enseñaré noruego.
Michael, su padre, la alzó en brazos.
—Prométemelo.
Ella asintió.
Novelas con aire nórdico


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