viernes, 9 de enero de 2026

Erika Nissen (6)

Svendborg, 17 de enero de 1845. El invierno de 1845 llegó a Kongsvinger como un lobo blanco que se acuesta sobre los tejados y no se levanta hasta la primavera. La nieve caía en copos tan grandes que parecían plumas de un ángel desplumado, y el río Glomma, ancho y oscuro, se arrastraba bajo el hielo con un rumor sordo, como si el agua misma tuviera miedo de despertar a los muertos.

El cabeza de familia, Michael Strøm Lie se había casado diez años antes (en 1835) con Ingeborg, con quien tuvo cinco hijos, si bien al comenzar nuestra historia sólo tenían cuatro: Thomasine, Ida, Birgitte y Sverre.
 
Ingeborg tenía treinta y ocho años cuando sintió las primeras contracciones del parto de su quinto hijo. Afuera  la temperatura había bajado tanto que los gallos se negaban a cantar.  El parto fue largo. La comadrona, una mujer de manos callosas y voz ronca, murmuraba oraciones en dialecto mientras Ingeborg apretaba los dientes y empujaba. El jurista Michael Strøm Lie, marido de Ingeborg, caminaba de un lado a otro en la sala, esperando el nacimiento de su quinto hijo (ya tenía dos chicas y dos chicos). A las once y media de la noche, la niña nació. Al principio no lloró.  Abrió los ojos, grandes y claros como el hielo del fiordo, y miró a su madre como si ya supiera quién era. 
—Erika —dijo Ingeborg, con la voz rota—. Se llamará Erika. 
Y entonces, la niña soltó un llanto tan puro, tan afinado, que la comadrona se santiguó. El viento del norte, como un viejo amigo que nunca se despide del todo, estaba presente cuando Erika abrió los ojos por primera vez. Un viento que traía consigo el olor de los pinos helados, el humo de las chimeneas y el rumor lejano del río.
 
Tan pronto como pudieron se trasladaron con su hija recién nacida a la granja Svendborg, en donde esperaban impacientes el desenlace los cuatro hermanos de Erika: Thomasine, Ida, Birgitte y Sverre. En la granja Svendborg, la chimenea ardía día y noche. El humo salía por la chimenea en volutas grises que se perdían entre los pinos, y dentro, el calor era tan denso que las ventanas se empañaban y los niños dibujaban con el dedo barcos y caballos en el cristal. 
 
Dentro de la casa, Ingeborg amamantaba a la recién nacida mientras Thomasine cantaba una nana en dialecto de Hedmark, Ida miraba embelesada a su nueva hermana y Sverre jugaba en el suelo con unas construcciones de madera. El padre, Michael Strøm Lie, miraba a la recién nacida con una amplia sonrisa:
—Esta será especial.
Y nadie le llevó nunca la contraria.
 

Novelas con aire nórdico

No hay comentarios: