La granja Svendborg era una propiedad mediana, no una hacienda señorial pero sí lo suficientemente grande ya que incluía tierras de cultivo, bosque y algo de ganado. La casa era de madera, con dos plantas y tejado de césped. El cabeza de familia, Michael Strøm Lie (1807-1852) era jurista, juez y político, y pertenecía a la clase funcionarial alta noruega. Aunque no era terrateniente de gran escala, como juez de distrito en Kongsvinger desde 1841, tenía un salario estable y un merecido prestigio social. Su esposa, Ingeborg Birgitte Røring Møinichen (1811-1885), hábil con el piano y la jardinería, se dedicaba a la educación de sus hijos y a la dirección de la casa y la granja, contando para ello con la ayuda de dos o tres sirvientas para la cocina, limpieza, cuidado de niños y lavado y, en el caso de la granja, con varios jornaleros para labores de labranza, leña, ganado y mantenimiento. En la Noruega rural de mediados del siglo XIX, era absolutamente habitual que familias de este estrato social tuviesen servidumbre doméstica y jornaleros agrícolas, especialmente en una granja de tamaño medio-grande como era Svendborg.
La madre, Ingeborg, había diseñado con sus propias manos un auténtico jardín inglés en torno a un cenador al que rodeaban rosales, lilas y flores de todos los colores que alcanzaban su máximo esplendor en primavera. Pero, sin duda, la estrella de esa casa, el faro que atraía como un imán a todos los vecinos, era el piano —un Broadwood traído de la capital en un carro que tardó tres días en llegar— al que todos consideraban “uno más de la familia”. Todos adoraban aquellas veladas musicales de los domingos a las que acudían en trineo si era invierno o en carruajes si era verano, en donde la música reinaba extendiendo su manto mágico sobre los asistentes mientras comían, charlaban, bailaban y bebían hasta altas horas de la madrugada. Y los niños sentían desde el mismo momento de su nacimiento que la música formaba parte de sus vidas y durante aquellas reuniones se colaban divertidos entre las piernas de los mayores para acercarse al piano e intentar improvisar un concierto… hasta que los apartaban y los llevaban a otra habitación para entretenerlos contándoles cuentos de trolls.
Pero esto que vamos a ir conociendo no es un cuento, sino una historia real –aunque novelada y con ciertas licencias que cualquier novelista se permite- sobre la vida de Erika, esa chica rubia que nació bajo una corona extranjera pero su alma siempre perteneció al valle de Glommen y cuya vida apacible en un entorno rural y familiar siempre fue su sueño… un sueño que nunca pudo alcanzar porque el destino le había concedido un don muy especial y ella debía compartirlo para llegar al corazón de todos cuantos la conocieron.
Novelas con aire nórdico


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