viernes, 23 de marzo de 2018

¿En qué se diferencia un niño finlandés de uno español?


No hace mucho estaba paseando por el parque de la Dehesa de la Villa (Madrid) cuando presencié la siguiente escena: Un grupo de 10 ó 12 niños y niñas de entre 8 y 10 años estaban jugando, cuando de repente uno de ellos dijo a los demás “¡mirad, una ardilla!”. Rápidamente fueron todos corriendo hacia ella para cogerla. Vano intento, porque las ardillas son tremendamente ágiles y allí había un montón de árboles a los que subirse. Así lo hizo. Los niños formaron corro alrededor del árbol, gritando y –algunos de ellos- comenzaron a tirarle pequeñas piedras que volvían a caer sobre ellos mismos sin alcanzar su objetivo (además de salvajes, tontos). Así estuvieron un buen rato hasta que se cansaron y se marcharon a otro lugar para seguir con sus juegos.

En la Dehesa de la Villa hay muchas ardillas y las puedes ver con frecuencia cuando paseas por allí, pero –efectivamente- ellas están bien atentas y en cuando notan la presencia humana salen huyendo.

Por eso me acordé de mi último viaje a Finlandia y mi visita al parque de Seurasaari, en las afueras de Helsinki. Allí pude ver muchas ardillas pero –para sorpresa mía- lejos de huir acudían a mí, y tanto era así que hasta se subieron por mis pantalones y se posaron en mi mano (ver fotos adjuntas).

Esa es la diferencia que hay entre un niño finlandés y uno español, y supongo que esa es también la diferencia entre un finlandés adulto y un español adulto. Los primeros aman la naturaleza y respetan la vida; los segundos van como Atila dejando todo arrasado a su paso. Aunque las palabras “Educación” y “Respeto” aparecen recogidas en el Diccionario de la Lengua Española, parece ser que se les da poco uso.




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