Hoy en "El eco de Fisac" puedes leer...

sábado, 24 de enero de 2026

La luz que se apaga

Una luz se apaga y otra se enciende. Atrás quedan los diferentes blogs que he mantenido con vida a lo largo de los últimos años, y ahora comienza este nuevo paso al que llamo "El eco de Fisac".
 
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miércoles, 14 de enero de 2026

Erika Nissen: La joven rubia de Glommen

Durante los últimos días he compartido en este blog el comienzo de mi novela "La joven rubia de Glommen", una biografía de la pianista noruega Erika Nissen. Esta novela biográfica se ha incluido en el libro "Novelas con aire nórdico" y está disponible en Amazon, tanto en edición digital como en edición impresa. 

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martes, 13 de enero de 2026

Erika Nissen (10)

Michael Strøm Lie era un jurista severo, pero con Erika se derretía.  Una mañana, en Svendborg, se levantó temprano.

—Hoy voy a Christiania —dijo—. Asunto del tribunal. 
Erika , de siete años, corrió tras él. 
—Papá, toca conmigo antes de irte. 
Él dudó.
—Bueno, solo una pieza.
Se sentaron al piano y los menudos dedos de Erika se movían con tanta agilidad que sorprendían a su padre.
—Tu fa# es perfecto.  —Le dijo, orgulloso de los progresos de su hija.
Ella sonrió.
—Le enseñé noruego.  —Respondió Erika sonriente.
Cuando terminaron, la besó en la frente.
—Volveré para la cena.
Pero no volvió.  En el Rikshospitalet, aquél 9 de mayo de 1852, Michael Strøm Lie murió de infarto repentino. Erika tenía siete años y su hermana Ida, la que le precedía, sólo contaba con quince años de edad.
 
Cuando llegó la noticia a la granja Svendborg,  Erika estaba en el salón.  Se sentó al piano.  Tocó la misma melodía.  Lento.  Muy lento.  Ida la encontró allí al amanecer. 
—Basta, Erika, déjalo ya.
—No. Papá está escuchando.  —Le respondió a su madre.
 
Pero todos tuvieron que asumir la muerte del cabeza de familia. El piano de Svendborg dejó de sonar durante muchas semanas.  Ingeborg lloraba en silencio. Las hermanas mayores se ocupaban de la dirección de las tareas de la casa y de la granja. Ida, con quince años, asumía su papel de hermana mayor de Erika y esta, con la mirada baja, se sentaba al piano pero era incapaz de tocar ninguna melodía. Una noche, Ingeborg la encontró allí, con la cabeza apoyada en las teclas. 
—¿Por qué no tocas, hija? —preguntó. 
Erika levantó la cabeza. Tenía los ojos secos. 
—Porque papá no está —dijo. 
Ingeborg la abrazó.
—Vuelve a tocar para él, como lo hacías antes —le dijo con ternura—. Toca para que te oiga desde donde esté. 
Erika puso las manos en el teclado.  Y tocó.  Tocó una melodía que no era de nadie. Era suya. Era triste, pero no desesperada. Era como el río Glomma en primavera, cuando el hielo se rompe y el agua corre libre.  Y en ese momento, algo cambió.  El piano dejó de ser un mueble.  Se convirtió en una voz. Se convirtió en “su voz”.
 

Novelas con aire nórdico

lunes, 12 de enero de 2026

Erika Nissen (9)

Los años pasaron como pasan los inviernos en Glommen: lentos, duros, pero con una belleza que duele.  Erika crecía. Era alta, delgada, con el cabello rubio cayendo en ondas sobre los hombros. Tenía los ojos de su madre, pero más claros, más fríos.  Era callada. No hablaba mucho. Pero cuando lo hacía, lo hacía con una seguridad que desconcertaba a los adultos.  Una vez, un primo de Christiania vino de visita. Era un muchacho de ciudad, con levita y sombrero de copa. 

—¿Qué quieres ser de mayor, Erika? —preguntó, con esa condescendencia que tienen los que creen saberlo todo. 
Ella lo miró.
—Quiero tocar —dijo.
—¿Tocar qué? 
—El piano. 
El primo rio.  
—Las niñas no tocan para ganarse la vida. Las niñas se casan. 
Erika no contestó. Se fue al salón, se sentó al piano, y tocó.  Tocó Chopin. Tocó una pieza que había oído una vez en casa de un vecino rico. La tocó entera, sin errores, sin partitura.  El primo se quedó mudo. 
 
El jardín inglés junto a la casa tenía senderos curvados junto al cenador y lucía en todo su esplendor durante los meses cálidos, esos en que las ventanas permanecen abiertas y la brisa trae el aroma de las flores hasta el interior. Era tan bonito, tan mágico y misterioso para una niña de seis años, que Erika creía que las hadas vivían allí.  Una noche se dijo:
—Voy a tocar para las hadas.
Abrió de par en par las ventanas del salón, encendió unas velas e improvisó una melodía que sólo las hadas pudieron escuchar. Cuando su madre pasó por allí la encontró dormida, con la cabeza apoyada en el piano y una de las velas caída junto a su lado, con la llama oscilando con la brisa a punto de quemar su vestido. Le regañó porque aquél descuido pudo provocar un incendio, pero Erika sonrió porque estaba segura que las hadas habían disfrutado con su interpretación. Al día siguiente, plantó un rosal blanco junto al cenador.
 
Otra noche, durante una velada, un vecino sueco, el capitán Lundgren, se sentó al piano y tocó una polca.  El fa# chilló.  Todos rieron.  Erika se levantó de su silla. 
—Ese piano habla sueco —dijo—. Cuando yo crezca, le enseñaré noruego. 
Michael, su padre, la alzó en brazos.
—Prométemelo. 
Ella asintió.
 

Novelas con aire nórdico