En 1845 Noruega era un reino joven, unido a Suecia por una corona compartida pero con un alma propia que latía con fuerza. Desde 1814, tras la derrota de Napoleón, Noruega había salido del dominio danés –que había durado 400 años- para entrar a formar parte de Suecia a la que perteneció hasta el año 1905. El rey Oscar I (1844–1859) era sueco, pero Noruega tenía su propio Parlamento (Storting) en Christiania. Esta ciudad había sido fundada en 1624 por Christian IV de Dinamarca tras un incendio que destruyó el Oslo medieval y se le puso ese nombre en honor al rey danés. Pero como muchos reclamaban: “El nombre Christiania es danés mientras que Oslo es noruego”. Por eso, en el año 1924, el Storting decidió recuperar el nombre medieval Oslo (del nórdico Ásloð, “pradera de los dioses”) y poco después, el 1 de enero de 1925, Christiania dejó de existir oficialmente para convertirse en el Oslo que hoy todos conocemos.
Por aquél entonces, Noruega tenía una Constitución progresista y una población de sólo 1,3 millones de personas, de las cuales, el ochenta por ciento vivía en el campo. El idioma tenía dos formas oficiales, el bokmål (danés-noruego, culto) y el nynorsk (basado en dialectos rurales, creado por Ivar Aasen en 1853), pero en Kongsvinger, el lugar donde comienza nuestra historia, se hablaba un dialecto del este, cantarín y duro como el hielo.
El Luteranismo era la religión oficial y la iglesia el centro de la vida social en donde los domingos se reunían, vestidos con sus mejores galas, una gran mayoría de ciudadanos de todas las clases sociales para cantar salmos. Noruega no era, en esa época, el país moderno y próspero que conocemos en la actualidad, sino todo lo contrario: era un país pobre. Su economía se basaba principalmente en la pesca y en el negocio de la madera, aprovechando sus grandes bosques, si bien tenían que luchar contra las dificultades de su orografía, a diferencia de sus vecinas, Suecia y Finlandia, que gozaban de iguales recursos forestales pero con una orografía mucho más suave. En cuanto a la agricultura, esta era muy modesta y apenas daba para la subsistencia local. La industria tampoco se había desarrollado suficientemente, como tampoco las comunicaciones; el ferrocarril, por ejemplo, no llegaría hasta el año 1854 en que se inauguró la línea Christiania–Eidsvoll.
Pero nuestra historia se desarrolla en Kongsvinger, en el condado de Hedmark (hoy Innlandet), a 90 km al noreste de la capital. El río Glomma, que es el más largo de Noruega con 604 kilómetros de longitud, atraviesa el valle como una arteria azul, entre colinas suaves, campos de centeno y patata, y bosques de pinos y abetos. Los inviernos son duros, bajando la temperatura hasta -30ºC en contraste con unos veranos agradables con temperaturas de 25ºC y una luz permanente las 24 horas del día.
Allí se alza todavía la fortaleza de Kongsvinger, construida en 1682 para defenderse de Suecia y en este año de 1845 aún permanecía con actividad, con soldados, cañones y un puente levadizo que no impedía que los niños se acercasen a ella y jugasen a conquistarla.
Pero vamos a ser nosotros quienes nos acerquemos ahora no a la fortaleza, sino a la casa de los Lie para conocer el comienzo de esta historia…
Novelas con aire nórdico








